Mujeres y literaturaPhoto: Mayerling García                                                                                        Model: Glenda Martínez

Mujeres y literatura

Written by Claribel Alegría

Después de más de medio siglo de estar trabajando en el campo de la literatura, me siento más o menos calificada para hacer algunos comentarios generales acerca de qué es ser escritora a principios del tercer milenio.

Nací y crecí en una sociedad agresivamente machista.  En mi generación, en Centroamérica, una muchacha de clase acomodada tenía la opción de casarse y ser ama de llaves de su marido, o quedarse casta y virgen amasando rosquillas para sus sobrinos.  La mujer campesina o proletaria nunca tuvo otra opción que la de convertirse en esclava de su marido y sus hijos.

En toda América Latina, hasta hace pocos años, eran contadas las mujeres que sobresalían en literatura.  Nombres como el de Alfonsina Storni, Delmira Agustini, Gabriela Mistral, Juana de Ibarbourou, Claudia Lars, para no hablar de la más grande de todas, Sor Juana Inés de la Cruz, que hace más de trescientos años lanzó el guante feminista cuando dijo “Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón”, eran pronunciados con una especie de asombro y de pavor.

La mayoría de las muchachas de mi generación, cuyas familias tenían posibilidades económicas, ni siquiera terminaron secundaria.  Se podían contar con los dedos de una mano las que obtenían título universitario.

Sospecho que Sor Juana, en su época, optó por hacerse monja para tener la oportunidad de recibir una educación, que de lo contrario le habría sido vedada.

Yo quería estudiar medicina, pero mi padre, médico de la vieja estirpe, me miró horrorizado y me dijo que de ninguna manera, que los estudiantes de medicina hacían bromas groseras con deshechos anatómicos y que no estaba dispuesto  a exponer a eso a su preciosa niña.

Tuve que pasar tres años aprendiendo a tejer, a cocinar platos exquisitos y a tocar “Para Elisa” en el piano antes de rebelarme y amenazar con hacerme monja o casarme con el primero que pidiera mi mano y divorciarme enseguida.  Ese fue el golpe maestro.  Una mujer divorciada era un horror en ese tiempo.  Inmediatamente me mandaron a los Estados Unidos a estudiar.  Para ese entonces yo ya escribía, pero me lo tenía muy bien guardado.  Si mi secreto hubiese trascendido mis amigas me habrían mirado como a un bicho raro y mis amigos se habrían sentido atemorizados ante una literata pedante, o me habrían tomado por una libertina.

¿Cómo ha cambiado la situación de la escritora desde que yo tenía veinte años en 1944?

Ahora hay un gran número de muchachas universitarias que estudian literatura.  Con un trasfondo formativo y cultural más sólido, cada vez hay más mujeres que están enteradas de lo que pasa en el mundo.  Sus horizontes se han ampliado más allá de la cocina, los hijos y la iglesia, y en su mayoría escriben mejor que sus madres y sus abuelas.

En mi caso particular, poco tiempo después de llegar a los Estados Unidos, tuve la buena fortuna de conocer a Juan Ramón Jiménez, que fue mi mentor (un mentor muy duro por cierto), durante tres años.

Mi poesía era lírica.  Jamás se me ocurrió en ese entonces escribir poemas que reflejaran la miseria de mis pueblos.  Pensaba que los dictadores centroamericanos: Ubico, Martínez, Carías y Somoza, eran tan inevitables, tan irremediables, como los terremotos y las tormentas eléctricas que sacuden mi región.

Fue la revolución cubana la que me abrió los ojos.  Me demostró que los cambios políticos y sociales eran posibles en América Latina.

Desde París y luego desde Mallorca, mi marido y yo seguíamos con avidez los acontecimientos en Centroamérica.  Mi sentido de culpa burguesa crecía cada vez más.  ¿Qué hacía yo en Europa, mientras mis pueblos silenciosamente sufrían la implacable represión de la dinastía somocista en Nicaragua y de los rotantes coroneles-presidentes en El Salvador?

Algunos de mis poemas empezaron a reflejar esas inquietudes y mi marido y yo escribimos a cuatro manos una novela, Cenizas de Izalco, acerca de la matanza en 1932, que tuvo lugar en El Salvador.

En 1979, tres meses después de haber triunfado la Revolución Sandinista, viajamos a Nicaragua por seis meses para documentarnos acerca de la épica de Sandino y de sus sucesores del FSLN, y escribir un libro que luego se publicó en México bajo el título Nicaragua: la revolución sandinista.

Cuando estábamos de regreso a Mallorca, pasamos por París a ver a nuestras hijas, y allí nos golpeó profundamente la noticia del asesinato del Arzobispo Oscar Arnulfo Romero, la única figura salvadoreña de gran prestigio, que había servido como la voz de los millones de seres sin voz, que habitan mi país.  Desde entonces empecé a escribir más y más, poemas y textos de prosa que reflejaban la miseria, la injusticia y la represión que reinan en mi terruño.  Me di cuenta de que para mi literatura, sobre todo para mi poesía, era sumamente peligroso hacerlo.  Fácilmente se puede caer en escritura panfletaria.  Decidí entonces, escribir con mi marido obras testimoniales tales como No me agarran viva, Para romper el silencio, Somoza, expediente cerrado, Túnel de Canto Grande, etc.

Preocupaciones sociales y políticas tienen cierta tendencia a deslizarse en mi poesía, simplemente porque la situación política en Centroamérica es una de mis mayores obsesiones y siempre he escrito bajo la espuela de la obsesión.  Sin embargo, mi mayor obsesión es tratar con todas mis fuerzas de que mi próximo poema sea menos imperfecto que el anterior.

El machismo en Centroamérica, lentamente y de mala gana, ha tenido que admitir a la mujer en las oficinas de trabajo y en los medios de comunicación.  En Nicaragua, por ejemplo, después del triunfo de la Revolución, empezaron las mujeres a ocupar cargos importantes en el gobierno y en otras esferas.  Hasta una mujerpresidenta hemos tenido.

Las mujeres escritoras del Primer Mundo rompieron moldes en la década de los veinte, pero no fue sino hasta en los 40s y 50s que las filas de las mujeres escritoras del Tercer Mundo empezaron a crecer ostensiblemente.

Luego vino el movimiento de liberación femenina en los 70s y las mujeres, agresivamente, empezaron a exigir iguales derechos en el campo editorial y a probar que merecían ser escuchadas.  Esto invita a una pregunta que ha perseguido a las mujeres escritoras por varias generaciones: ¿Hay una literatura masculina y una literatura femenina?  Si es así, ¿cuál es la  diferencia?

Pienso que hay dos tipos de literatura: la buena y la mala y que el sexo del autor no tiene nada que ver con la calidad de su obra.  Como decía Sor Juana, “la inteligencia no tiene sexo”.

Es verdad que con frecuencia hay temas preferidos por los hombres y otros preferidos por las mujeres.  Sospecho que hay muy pocas novelas escritas por mujeres que trate, por dar un ejemplo, de un camionero que viaja de costa a costa.  Tampoco habrá muchos hombres que traten en sus novelas de los diferentes estados de ánimo  en los nueve meses de embarazo.  Pero las diferencias temáticas son las consecuencias de las diferentes experiencias existenciales y no de tener sexos diferentes.  ¿Dónde? me pregunto, ¿puede uno descubrir el denominador común  que vincule una novela escrita por un “espalda mojada” mexicano con otra escrita por un profesor universitario de Salamanca en la que habla acerca de la competencia pavorosa entre académicos para subir peldaños?

Pero volviendo a nuestro tema de la diferencia de sexos en la literatura, pienso como Virginia Woolf, que el lenguaje literario debe ser andrógino.  No hay escritura masculina ni femenina.  Hay buena y mala escritura.  Tampoco pienso que hay temas triviales.  Cualquier tema, por trivial que parezca, si es tratado por un buen escritor, se convierte en una obra de arte.  Es el cómo más que el qué, lo que importa en literatura.

La situación de la escritora ha ido mejorando en los últimos cincuenta años, pero tanto yo, como muchas de mis hermanas en el oficio, podemos testificar que todavía en los círculos editoriales prevalece una actitud machista.  Si una mujer o un hombre entregan sendas novelas o poemarios, con igual categoría, a casi cualquier casa editorial, para que elijan a uno de los dos, es el hombre en el 90% de los casos el que será aceptado, porque los hombres, casi siempre, venden más.

Es cierto también que cada vez surgen más editoriales feministas en los Estados Unidos, Inglaterra, Francia, España y otros países del Primer Mundo.  Las antologías de prosistas y poetas mujeres han proliferado durante los últimos diez o quince años.  Todo eso nos ha ayudado enormemente, pero todavía hay mucho camino que andar antes de que nos sintamos seguras de que hombres y mujeres tengamos iguales oportunidades.

En 1928, invitaron a Virginia Woolf a dar dos conferencias acerca de “Mujeres y la novela”, para audiencias compuestas mayoritariamente por mujeres jóvenes.  Ella respondió con el texto, “Una habitación propia”, que después fue publicado en forma de libro.  El libro es brillante, agudo, un ensayo de 157 páginas  en el cual ella se pregunta por qué, antes de 1920, era virtualmente imposible  para las mujeres llegar a ser escritoras competentes.  Al final nos dice escuetamente que una mujer –y aquí cito verbatim– “tiene que tener quinientas libras esterlinas al año y una habitación con un pestillo en la puerta para poder escribir novelas o poemas”.

Si esto parece arbitrario, puede ser, ya que Virginia Wolf tenía una tía en Bombay que se cayó de un caballo, murió a consecuencia de ello y le dejó a su sobrina quinientas libras al año para el resto de su vida.  En cuanto a una habitación propia, sé exactamente lo que quería decir.  Hasta que yo cumplí cincuenta y cinco años, nunca tuve semejante lujo: una habitación donde pudiera encerrarme, cambiar velocidades, alcanzar un alterado estado de conciencia, recorrer la habitación de lado a lado, recitar mis poemas en voz alta y saber que nadie me iba a interrumpir.

Todos esos años anteriores fui víctima del síndrome de Porlock.  Quizá debiera explicar:

Samuel Taylor Coleridge era un drogadicto que ingería principalmente láudano y otras variaciones del opio.  Un mediodía, cuando tenía veinticinco años, ingirió opio y se quedó dormido en su sillón mientras leía acerca de Kubla Khan. Despertó tres horas después con la certeza de que había compuesto un poema de doscientos o trescientos versos. Afiebradamente empezó a anotarlo de memoria, pero luego de haber escrito unos cincuenta versos fue interrumpido por una persona de Porlock para hablarle de un negocio.  Cuando volvió a su escritorio el poema se había esfumado.

Como sobreviviente que soy, de más de medio siglo de estar batallando en el campo de la literatura, muchos narradores y poetas (hombres y mujeres jóvenes), me han pedido que les de algún consejo.  Lo primero que les digo es que estoy de acuerdo con Virginia Woolf acerca de tener una entrada, aunque sea modesta, y una habitación propia donde se puedan defender de los visitantes de Porlock.

Luego, especialmente en el caso de los poetas, les doy un consejo que me dio a mí Juan Ramón Jiménez:

“Cuando estés trabajando en un poema” me decía, “después de terminarlo y poner la pluma sobre la mesa, abre un libro de uno de tus poetas favoritos y lee un poema que particularmente te haya impresionado.  Eso te dará humildad y ambición y es posible que la musa te ilumine”.

A propósito de pluma, en mi caso, encuentro imposible componer un poema en la computadora. Narraciones, artículos, perfecto.  Poesía, jamás.  Necesito mi bolígrafo y páginas rayadas con tres agujeros al margen para meterlas dentro de tapas verdes.  Una idiosincrasia, lo sé, pero las idiosincrasias son terriblemente importantes en una empresa tan frágil como es la de escribir poesía.

Y hablando de papel rayado y de encuadernaciones, debo confesarles que desde que publiqué mi segundo librito de poemas, tengo un semillero, es decir, mi cuadernito de papel rayado con pasta verde.  Es indispensable para mí.  Es un cuaderno donde anoto ideas, sueños, pensamientos, retazos de lecturas que me han impresionado y, por supuesto, los primeros borradores de mis poemas.

Algunas de mis anotaciones dormitan allí, a veces meses o años, hasta que un día, releyéndolas, algo hace clic y me encuentro escribiendo otro poema.

Sé que todo esto es tan prosaico como el consejo de Virginia Wolf o lo que decía Hemingway, que para ser escritor no bastaba el talento sino que por lo menos había que escribir “400 palabras diarias”. Todo eso me ha servido a mí y a lo mejor pueda servirle a alguno de ustedes.

En cuanto a las mujeres escritoras, les aconsejo que se liberen del sentido de culpa por no ser amas de casa perfectas y observen lo que dijo Joseph Campbell: “Follow your bliss”.