Este mundo y otro

Written by Ernesto Cardenal

(Fragmento)

Este mundo y otro - Ernesto CardenalDesde hace 500 años sabemos que la tierra gira alrededor del sol, pero eso nadie lo vive, dice el cosmólogo Brian Swimme en su libro The Hidden Heart of the Cosmos. Nuestra experiencia de mirar una puesta de sol (la misma palabra “puesta” ya lo dice) es la de uno de la Edad Media y de la antigüedad clásica, y del neolítico y el paleolítico, y la que habría tenido un primate hace 70 millones de años. Vemos que el sol baja y desaparece. Si se nos pregunta qué estamos viendo decimos que la caída del sol. No basta que sepamos que esto no es así. Debemos vivir experimentalmente los descubrimientos científicosde los últimos siglos, aunque los sintamos antinaturales. Para nosotros el sol “cae”, aun cuando sabemos que no cae. Necesitamos una transformación, para que lo que sintamos sea congruente con lo que realmente sucede, y para que no sintamos las cosas como no son.

Esto sucederá a la humanidad en el nuevo milenio, dice el autor. Es importante que uno sepa estas cosas cómo son, pero más importante es que lo viva. Uno puede cambiar sus hábitos y aprender a estar viendo la tierra girando alrededor del sol. La manera más fácil dice él es salir media hora antes del ocaso, y si hay otros planetas visibles es mejor, y si nos acompaña un niño es todavía mejor. Debe recordarse cómo es el sistema solar, y que Venus está más cerca del sol que nosotros y Júpiter más lejos, y que giran también alrededor del sol. Tal vez por primera vez en la vida uno sienta experimentalmente la inmensidad de la Tierra retirándose del Sol. Esto tal vez sea una experiencia pasajera, pero puede estarse repitiendo. Se puede experimentar esto al anochecer o al amanecer, y después en cualquier otro tiempo y lugar, sintiéndonos que somos un individuo en un planeta, y un planeta alrededor de una estrella.

El Sol es un millón de veces más grande que la Tierra, y si hemos sentido ya la inmensidad de la Tierra puede pensarse lo que será esa masa luminosa un millón de veces más grande. Así estaríamos experimentando lo que es vivir en el sistema solar, girando alrededor del Sol, y no en una fantasía en que la Tierra está inmóvil. Este sería el primer paso para vivir en el universo como es, y para tener la experiencia de estar dando vueltas alrededor de una estrella en la vastedad del cosmos.

Nos dice también el autor: estamos en una galaxia de 300 billones de estrellas, y si nos ponemos a verlas no debe ser como estarlas viendo “arriba” en el cielo, sino abajo, muy lejos y muy abajo. Desde hace 70 millones de años, desde los primates, hemos creído ver las estrellas “arriba”. Cuando estamos en la noche mirando las estrellas no estamos arriba en el planeta sino más bien boca abajo, mirando hacia abajo en la profundidad del espacio. Será una experiencia nueva de mirar las estrellas. Las veríamos así desde una perspectiva galáctica, sintiéndonos parte de la Vía Láctea, sintiendo que somos la Vía Láctea.

Este sol alrededor del cual giramos se está haciendo constantemente energía de la que nosotros participamos en cada comida, y este hecho biológico en el que poco reflexionamos tiene una significación espiritual suprema, dice Swimme. El sol se convierte en energía que la fotosíntesis cambia en plantas que son consumidas por animales. Por cuatro millones de años los humanos hemos estado teniendo el festín de la energía del sol almacenada en la forma de trigo o reno cuando el sol muere como sol y renace en la vitalidad de la tierra. Debemos tener conciencia de que somos la energía del sol. Esta energía que entra en nuestro sistema respiratorio y nuestro sistema nervioso nos ha sido dada por el sol, y nuestra vitalidad es el desarrollo natural de la vitalidad de una estrella.

Hace 5 mil millones de años los átomos de hidrógeno formaron nuestro sol. Esa luz baja a nuestros mares y a nuestros bosques y a nuestros cuerpos y corre en nuestras venas. Cuando somos generosos estamos imitando la generosidad de esa energía del sol que llena todo nuestro ser.

La generosidad humana es posible, dice Swimme, porque en el centro del sistema solar una maravillosa generosidad estelar continuamente está produciendo esa energía gratis que baña nuestro planeta. Esta es la manera de ser del universo y de la vida. Y es la manera de ser de nosotros mismos cuando usamos este don de la energía del sol y la transformamos en un acto de creación que hace florecer la comunidad. Ha habido, dice él, 15 mil millones de años de esta creatividad. Hemos de ser conscientes cada día de esta revelación del sol. Y de esta tierra llena de vida que da vueltas como una leve pluma alrededor de la inmensa y arrolladora generosidad del sol.

El reciente descubrimiento de cómo nació el universo ha sido el mayor descubrimiento de todos los tiempos, dice también Brian Swimme, pero no tiene sentido para nosotros si no lo vivimos. Es un descubrimiento que debe transformar la humanidad y hacerla congruente con el universo en que estamos.

Nuestro “Grupo Local” de galaxias al que no se le ha puesto nombre todavía (se le pondrá en este nuevo milenio) tiene más de medio trillón de estrellas, y no es sino un satélite de un sistema mayor. Gira alrededor de una agrupación de un millar de galaxias.

Las galaxias se van alejando de nosotros en todas direcciones. Eso significa (extrañamente) que nosotros estamos en el centro del cosmos. Nuestro supergrupo de galaxias no se mueve, todos los otros supergrupos son los que se alejan de nosotros. Pero en este universo tan increíblemente inmenso ¿cómo podemos nosotros ser el centro? La verdad es que el centro del universo está en todas partes. Las galaxias no se mueven, sino es el espacio entre ellas que se agranda y ha empezado a agrandarse desde que empezó el Big Bang. Nosotros no estamos fuera de la explosión del Big Bang viéndola desde el exterior sino que estamos en ella misma, esto es en su centro, con todo lo demás del universo. Y en cualquier parte del universo en que estemos estamos en el centro de él. Todo lugar del universo es el lugar donde el universo empezó a existir. Hemos descubierto pues que vivimos en el lugar del propio nacimiento del universo, junto con todo lo demás que hay en él. Tan extraño es esto que el propio Einstein lo rechazó como absurdo.

Otro gran descubrimiento de nuestro tiempo es el del “vacío”. Imaginábamos el vacío como un espacio sin nada. La verdad es que aunque en un lugar del universo suprimiéramos todos los átomos y partículas elementales y protones y fotones, siempre surgirían allí partículas elementales. Ellas no surgen de un sitio donde estaban escondidas, ni vienen de otra parte, sino que surgen del propio vacío. Surgen, podemos decir, de un vacío “fecundo”.

Este vacío fecundo no sólo está en los espacios interestelares, sino que está en todo el universo. Electrones y positrones, protones y antiprotones surgen y se desaparecen inmediatamente, y esto está pasando todo el tiempo y en todas las partes del universo. La base del universo es pues un vacío repleto, una nada fecunda. No es una nada inerte sino llena de creatividad, y los científicos le llaman “espuma”.

Una dificultad para nosotros es que se use la palabra “vacío”. No debiera usarse esa palabra, con el sentido que tiene en la vida diaria, para lo que es la base de todo el universo. Más que verlo como vacío debemos verlo como el abismo de donde brota toda la realidad.

No es éste nada más un abismo del que el universo haya brotado hace 15 mil millones de años, sino que sigue brotando de él en cada momento. Protones y antiprotones surgen y se hunden de nuevo en el abismo. Es un infinito poder generador, podríamos decir. Lo que hizo nacer al universo lo sigue haciendo nacer todavía en este momento, y cada uno de nosotros está situado en el propio centro que produjo toda la materia y energía del universo.

Cada sitio del universo es el centro de la explosión. Todo el universo se expande del lugar donde estamos nosotros y de cualquier otro lugar donde están otros, y de aquí salieron estrellas, átomos, mares, pelícanos, todo lo que existe y ha venido existiendo a través de una evolución continua que empezó con el Big Bang. Somos el centro inmóvil de esta expansión cósmica y hemos estado en él desde el principio. El centro del cosmos es todo lo que sucede en el cosmos, y cada persona vive en ese centro. Y el origen del universo es donde cada uno vive su vida. La conciencia que tenemos nosotros del origen del universo es también parte de ese origen ocurrido hace 15 mil millones de años, y todos estamos unidos en el origen y el centro del cosmos.

Desde el comienzo la vida ha sido socializada, nos dice el científico Howard Bloom en su libro The Global Brain. Hace tres billones y medio de años la bacteria evolucionó en colonias. Ninguna quería estar sola. Si quedaba sola se dividía rápidamente para crear una sociedad. Desde nuestro comienzo los seres vivos hemos sido colectivos.

En realidad el instante de la creación fue el comienzo de la socialización. Un neutrón es una partícula llena de necesidad. No puede mantenerse más de diez minutos. Para sobrevivir debe encontrar al menos un compañero, y entonces formar una familia. Los protones se encuentran con neutrones y después rápidamente atraen otra pareja y se abrazan con ella, formando el cuarteto de dos protones y dos neutrones que son un núcleo de helio. Así estos neutrones alcanzan una relativa inmortalidad. Después de 14 billones de años el universo sigue siendo el 25% helio. Los protones que no se emparejan desaparecen.

La idea de que el individualismo fue primero está en contra de la historia cósmica, dice el autor. El agruparse ha sido inherente a la evolución desde que los primeros quarks se juntaron para formar neutrones y protones.

Eso en cuanto al cosmos. ¿Y en cuanto a la humanidad? El científico y místico Teilhard de Chardin en su libro El futuro del hombre dice que es muy significativo que el cambio morfológico de los seres vivos se hubiera hecho lento en el preciso momento en que apareció el Pensamiento sobre la tierra. Tomando en cuenta que la línea de la evolución ha sido sólo en la dirección de más cerebro (más conciencia) podemos pensar que el verdadero impulso de la fuerza animal ha sido la necesidad de conocer y pensar. Y que cuando este impulso encontró salida en la especie humana, el efecto fue producir una disminución de la presión vital en las otras ramas del Árbol de la Vida. Esto explica el que la evolución biológica desde los finales del Terciario se haya confinado al pequeño grupo de los primates más avanzados. Pareciera pues que los atributos físicos más elevados han absorbido todas las fuerzas de la Vida. Así vemos que la evolución se ha venido a concentrar en el alma humana, dice Chardin. Para saber si el universo aún se desarrolla, debemos preguntarnos si el espíritu humano está aún en proceso de evolución. Y éste es el caso.

¿Cuál es la diferencia entre nosotros y los primeros humanos? Se pregunta. ¿En qué podemos considerarnos superiores? Orgánicamente ellos deben haber sido como nosotros. Al menos a la mitad de la Era Glacial habrían alcanzado un desarrollo artístico que no hemos superado.

Nuestra gran superioridad sobre el hombre primitivo es el autoconocimiento, el llegar a ser conscientes de nuestro lugar y nuestra responsabilidad en el universo.

Hemos descubierto que hay un Todo, del que somos parte, dice Chardin. Nuestra relación física con todo lo demás del universo representa un engrandecimiento de nuestras personalidades separadas. Y otra cosa que agrega es que la totalidad del esfuerzo industrial, estético, científico y moral sirve físicamente para completar el Cuerpo de Cristo.

La vida avanza hacia la unificación. Nuestro único futuro es mayor cohesión y mayor solidaridad. La masa humana, por la superficie limitada del planeta, cada vez aumenta más en interconexiones y se concentra más en ella misma: el más reciente producto de la evolución.

Lo más revolucionario de nuestra época, dice Chardin, es el descubrimiento de la relación que hay entre materia y espíritu. El espíritu ya no se ve como independiente de la materia, ni en oposición a ella, sino emergiendo de ella.

A pesar de la enormidad y esplendor de las estrellas, ellas no pueden avanzar la evolución más allá del nivel atómico. Es sólo en los humildísimos planetas donde el mundo puede ascender misteriosamente a la esfera de la complejidad. Es por ellos que pasa el eje de la vida.

Mientras mayor es el grado de complejidad en un ser vivo, es mayor su conciencia, y viceversa. Y la unificación es cada vez mayor. El espíritu de la evolución se impone al egoísmo, y cada día que pasa se nos hace más imposible actuar o pensar en otra manera que no sea colectiva. Tenemos lo que podría llamarse una “fase de planetización”. Las crisis mundiales de nuestra época son dolores de crecimiento. La evolución ya no puede dejar de ser irreversible. Y ella es el hecho de la inevitable unión de la humanidad.

Nos parece increíble que a Teilhard de Chardin se le hubiera prohibido la publicación de todo escrito que tuviera que ver con la teología.

Chardin había dicho que el destino lo había colocado en un cruce del Mundo, en su doble calidad de sacerdote y hombre de ciencia. Este paleontólogo evolucionista y místico jesuita nos ha dado un concepto nuevo de Dios: el Dios Evolucionador.

Ya no es sólo la evolución biológica que descubrió Darwin, sino la evolución de todo el universo que comenzó con el Big Bang y acabará en la eternidad. En un universo estático, que es como era concebido hasta hace poco, la creación, la encarnación y la redención parecían como actos separados de Dios. En el universo moderno, que es un todo evolutivo, los tres actos son uno solo.  Para Dios crear es unirse, y por lo tanto encarnarse, y por lo tanto también sufrir, que es redimir. Los tres misterios, Creación, Encarnación y Redención, son tres aspectos de un mismo proceso: nuestra unión con Dios. Para Chardin no hay creación sin encarnación, ni encarnación sin redención. A esto es lo que él llama la teología del futuro.

El universo está en evolución, y la evolución es la ley fundamental de la naturaleza. Esta evolución ha llegado hasta el hombre, quien para Chardin es la flor más alta del árbol de la vida, pero no acaba en él sino que lo proyecta hacia el futuro, a lo que llama el punto Omega, que es Dios. Omega creó el mundo y el mundo acabará en Omega.

En el Prólogo del Evangelio de San Juan se nos dice que Dios hizo todas las cosas por medio de Cristo, y nada de lo que existe fue hecho sin él. Así que podemos considerar a Cristo como el origen, la condición y la meta de la Evolución. Eso fue dicho también por Pablo a los colosences: “Todas las cosas fueron creadas por él, y para él, y él es anterior a todas las cosas y por él existen todas las cosas”. Por eso para Chardin también es el Cristo Evolucionador.

La redención es una continuación de la creación en un nuevo nivel, y ella es la que lleva a la consumación el proceso de la evolución. Para Chardin Cristo es la plenitud de la evolución, una nueva fase de la evolución orgánicamente relacionada con todo el proceso cósmico.

A este Cristo cósmico Chardin le llama también Cristo-Universal, Super-Cristo y Cristo Omega. Él ve como que en Cristo hubiera, por así decirlo, una tercera “naturaleza”, no sólo la humana y la divina, sino también una naturaleza “cósmica”. No es que el Super-Cristo sea un segundo Cristo, advierte, sino es el mismo Cristo que a la luz de la evolución se nos manifiesta agrandado y renovado. Él es el centro orgánico de todo el universo. Y la unión con Cristo es con su cuerpo Cósmico.

El Cristo cósmico ha aparecido ya en el mundo, pero aún le queda mucho por crecer, en los individuos y en la sociedad. Por eso Chardin habla de “el Cristo cada vez más grande”. Cristo es el hombre perfecto, y el cumplimiento de la raza humana. Es la humanidad cumplida, hacia donde el resto de los hombres se dirigen, y la más alta y última etapa de la evolución. Este es el designio que según san Pablo Dios tenía de antemano: hacer que Cristo fuera Cabeza de todo.

Para que hubiera encarnación debía haber humanidad, y para que hubiera humanidad debía haber vida orgánica, y para que hubiera vida orgánica debía haber la totalidad del cosmos. Podemos pues decir que todo el cosmos fue creado para que hubiera Cristo.

Este nuevo Cristo, el Cristo Cósmico que nos revela Chardin, es muy antiguo, y nos lo había revelado el cristianismo desde el principio.

San Pablo nos dice que el Padre nos creó para que fuéramos incorporados a su Hijo, y para que él fuera “el primogénito entre muchos hermanos”. Insiste también en que es toda la creación el objeto de la redención. Y que es precisamente a través de los cuerpos de los hombres que la redención se extiende al resto de la creación. Dice también que Dios reunirá a toda la creación bajo una sola Cabeza (aunque careciera del conocimiento de la interdependencia física de toda la materia que ha descubierto ahora la ciencia moderna).

Para san Ireneo Cristo es el Recapitulador de todas las creaturas (recapitulación es reagrupación). El hombre está en el centro de la creación, pero para ir creciendo día a día mediante el Hijo. La materia es santa porque Dios asumió un cuerpo de carne. Dios ya tenía presente a Cristo cuando formó la materia, y ésta cobró forma de acuerdo con ese modelo futuro. El cuerpo del hombre es también imagen de Dios. Y la humanidad de Cristo es una “nueva creación”, que hace que todos los hombres sean uno con él. Orígenes dijo de Cristo que “toda la humanidad, y tal vez la totalidad de la creación universal, es su cuerpo. Para Clemente de Alejandría la Encarnación del Logos era la clave de toda la historia humana. Según san Atanasio el mundo fue planeado por Dios como una unidad, y Cristo se inserta en el universo para restaurarlo en su unidad. Concibe la obra de Cristo como una continuación de su resurrección. Para san Cirilo de Alejandría, al ser Cristo plenamente humano quedamos verdaderamente asimilados a la naturaleza de Dios. Él es hombre semejante a nosotros para que nosotros podamos ser semejantes a él. Gregorio Nacianceno declara que con Cristo el hombre se ha de convertir en Dios. Gregorio de Nisa ve el transcurso de la historia como un proceso en el que se va cumpliendo en el tiempo la idea divina de la creación del cosmos, en el que el final coincide con el principio. Y en la especie humana la resurrección de uno de sus miembros, Cristo, pasa por toda la raza y es impartida a todo el conjunto en virtud de la continuidad y unidad de la naturaleza (como si estuviera visualizando la evolución desconocida en aquel tiempo).

En la Edad Media Eckhart se pregunta: “¿Por qué Dios se hizo hombre?” Y él mismo se contesta: “Para que yo me hiciera Dios”. La creación continua y la encarnación continua eran para él la misma cosa, y son simultáneas pues en Dios no hay tiempo. La creación es en este momento y en todo tiempo, “creatio continua”. Y según él Dios no ha asumido solamente a un hombre individual sino a toda la naturaleza humana.

También para Duns Escoto el universo estaba lleno de Cristo, y su encarnación era independiente del pecado original. San Agustín refería la redención solamente al hombre, pero para los escolásticos la humanidad es una sola cosa junto con todo el universo, y Cristo está unido con todos los hombres y todo el universo. Para santo Tomás también el universo tenía un destino eterno, el de ser transformado junto con el hombre. El fin último de todas las cosas será el asemejarse a Cristo, según él.

Posteriormente el filósofo existencialista cristiano Maurice Blondel, que tuvo alguna correspondencia con Teilhard de Chardin y alguna influencia en él, también afirmó que el universo forma un sistema, como un solo animal, y su unión es Cristo. Él es la causa final de la creación, y su encarnación no es sólo la divinización de un individuo, Jesús de Nazareth, sino de todo el orden natural, como lo conciben los Padres Griegos. Los hombres no sólo dependen unos de otros sino también se interpenetran, sin dejar de ser cada uno un individuo. Toda esta tradición ha llegado hasta Chardin.

Si Chardin como paleontólogo estudió el pasado y tuvo un interés apasionado por él, fue porque el pasado arrojaba luz en el presente y le revelaba su sentido. Y el presente para él tenía una proyección de eternidad.

El papel del cristiano y de la Iglesia debía ser el promover la evolución como un crecimiento en el espíritu, y como la realización personal en el reino del conocimiento y del amor. Cristo para él era el de una universal comunión, y la unificación de todo el universo. Esto era también para él la “divinización” de la humanidad. Dios necesita de esta humanidad para realizarse en ella, como necesitó una mujer para nacer.

Sin la evolución biológica que produjo el cerebro, dice Chardin, no habría almas santificadas, y sin  la evolución del pensamiento colectivo que es la plenitud de la conciencia humana no habría la consumación de Cristo. Sin la constante tendencia de las células humanas a unirse en sociedad la Parusía no sería físicamente posible.

Chardin habla de la materia santificada, de la vida sagrada, y también de la santidad de la evolución. Con la evolución el Mundo se va haciendo enteramente divino. Para él Dios no es impersonal, sino ‘superpersonal’. No podía concebir, dice, una evolución hacia el espíritu que no culminará en una suprema personalidad en la que nosotros seremos personalmente inmortalizados.

Los cristianos se debaten en un conflicto entre lo visible y lo invisible, lo de abajo y lo de arriba, el aquí y el más allá. Pero Chardin descubrió que el concepto de la evolución revelaba un concepto de Cristo que antes se pasaba por alto: Cristo como Centro del Universo, y en el cual están contenidas todas las cosas. Y así es que trabajando por el progreso se contribuye al crecimiento de Cristo.

Ahora no sólo existe la evolución del hombre, sino que también está hecha por el hombre. Con el progreso ahora el hombre dirige al mundo. El progreso de la vida ya no depende sólo de la naturaleza. Por el hombre la evolución ya no sólo es consciente de ella misma, sino que también es libre. Puede seguir o interrumpirse. Nosotros somos la evolución.

Chardin concibe al universo como evolución, y es una evolución de la materia hacia el Espíritu. El Espíritu desemboca en lo personal. Lo personal supremo es el Cristo Universal.

La unidad del cosmos él la ve como un solo organismo, un “átomo gigantesco”. Todo está entrelazado con todo. Una mente global será la próxima etapa de la evolución, según Chardin. Dice: “Una colectividad de conciencias que equivaldría a una superconciencia. La tierra no sólo estaría cubierta de miríadas de granos de pensamiento, sino que estaría envuelta en un solo pensamiento que funcionaría todo él como un grano inmenso de pensamiento a escala sideral, la pluralidad de reflexiones individuales agrupándose todas y reforzándose unas a otras en un acto de reflexión única unánime”.

Por el hecho de que la redención del cuerpo se extiende a todo el universo, el trabajo humano y su esfuerzo por transformar el mundo adquiere un valor de eternidad. Cada adelanto del hombre entra en el plan divino. Continúa la creación. Es parte de la redención futura de todo el universo.

La materia había venido evolucionando a formas más altas de mayor complejidad en su estructura molecular y a mayor conciencia. La llave del proceso biológico ahora está en el hombre, desde que el hombre cruzó el umbral de la reflexión. La Humanidad ahora tendrá que ser unificada por el amor. Hemos llegado a un punto decisivo para la evolución humana, dice Chardin, en el que la única salida hacia adelante es en la dirección de una pasión común. El mandamiento del amor ahora suena muy diferente a nuestros oídos. No es ya la caridad y la fraternidad como antes fueron planteadas, sino algo más imperioso: “Amaos o pereceréis”.

La corriente universal del devenir, que es la evolución, es un proceso progresivo de espiritualización. El mundo se nos descubre ahora como emergiendo de lo Múltiple, hacia una creciente unificación. “La materia llamada bruta está ciertamente animada a su manera”, dice Chardin. Y también dice: “Átomos, electrones, corpúsculos elementales, deben tener un elemento de inmanencia, es decir una chispa de espíritu”.

Él vio que hay un movimiento interior que anima al universo entero, y a cada parte individual del universo, y es un movimiento hacia el Espíritu. Por este movimiento hacia lo espiritual es que él amaba tanto a la materia. Ningún otro animal tiene el inagotable deseo de vida eterna, más que el hombre. Al aparecer el hombre hubo un ser vivo con capacidad de personalización, y esta personalización evolucionó desde un estado centrado en sí mismo, ocupado en su propia preservación, hasta un ser que sale de sí para amar a los demás. El proceso de humanización del hombre es un proceso de unificación.

Se pensaba, dice, que la creación se acabó  hace mucho tiempo. Pero es un error, porque continúa perfeccionándose. Nosotros estamos para terminarla, en cualquiera que sea nuestro trabajo, aun el más humilde. Ese es el valor de nuestros actos. Con cada uno de ellos ayudamos a la construcción del Cristo Total.

Una religión del futuro sería una religión de la evolución, y no tardará en aparecer. Un nuevo misticismo, cuyo germen ya lo estamos viendo.

Cristo estaba demasiado confinado astronómicamente, y su operar no debemos restringirlo a una mera “redención” de nuestro planeta. Él imagina una nube de estrellas pensantes: con un promedio de una especie humana por galaxia, habría un millón de humanidades en los cielos.

Para Chardin el Dios de la evolución es el mismo Dios de la expiación. Cargar los pecados del mundo significa cargar el peso de un mundo en evolución. Lo que significa también que nosotros debemos participar en ese sufrimiento (“Si alguno me quiere seguir que se niegue a sí mismo y tome su cruz… “). La cruz no debe verse ya sólo como un signo de victoria sobre el pecado, sino un signo de victoria en un universo en estado de evolución.

Hay quienes ven el Cuerpo de Cristo, dice Chardin, como simplemente un agregado de hombres, más como una asamblea que como un organismo. Para él es una interconexión física y propiamente una relación cósmica. Él ve el Cuerpo de Cristo como lo vieron san Juan, san Pablo y los Padres: crea en la naturaleza un mundo nuevo, un organismo vivo en el que estamos unidos físicamente, orgánicamente, y es una unión de almas que tiene que asumir con ellas a todo el resto del mundo.

El dogma del infierno para Chardin está en armonía con la noción de un universo en evolución. Toda evolución significa selección, eliminación. La salvación del hombre en la cual consiste la creación no puede tener un cien por ciento de éxito.

La presencia de Dios en el universo es por su encarnación, y ésta aún continúa, y crece cada vez más en el Cuerpo de Cristo. En Cristo se ve el propósito divino de unificar la realidad y llevarla a la unión con Dios. Hay una atracción hacia arriba que es como una gravitación al revés.

La redención es no sólo individual sino que es también social y cósmica. Y  éste es para Chardin el Cristo-Universal. Aquel al que tiende todo desarrollo, incluso material. Y de todo el universo, no sólo del planeta Tierra.

En la misma línea de Teilhard de Chardin, en nuestros días el profesor de ciencia Ian Barbour, que por años ha laborado tratando de armonizar Ciencia y Religión, nos presenta a Cristo como una nueva fase de la evolución, y una nueva fase de la actividad de Dios, y como parte del proceso que viene desde el australopiteco y las formas primitivas de vida y de los átomos nacidos en las primeras estrellas. Cristo está también en la línea de la evolución cultural y religiosa de Israel. Pero en su persona y en su vida, y en la comunidad de sus seguidores, representa algo genuinamente nuevo. En él hubo una revelación de la naturaleza de Dios que no había habido antes, y ésta es una continuidad básica de la creación y la redención.

También el teólogo católico australiano Denis Edwards en su libro Jesús and the Cosmos reitera lo que ya ha dicho Teilhard de Chardin, de que la creación y la encarnación están relacionadas, o más bien que no hay separación entre las dos. La encarnación ya era un plan de Dios desde la creación.

Dios acepta al cosmos, y el cosmos acepta a Dios, y esto es lo que constituye a Jesús de Nazareth.

Jesús, como nosotros está hecho de elementos que provienen de las estrellas. Como nosotros es producto de todo el proceso que empezó con el Big Bang. En él como en nosotros el universo se hizo consciente de sí mismo.

Nuestro cuerpo nos conecta con todo el universo material, y con Jesús de Nazareth, el Cristo Cósmico, que además de ser  Dios está formado de polvo de estrellas como nosotros.

La fase más alta del proceso de la evolución es esta comunicación de Dios con nosotros a través de Jesús de Nazareth. Todas las cosas fueron creadas en él, y su resurrección tiene que ser la de toda la creación.

Dios creó el universo, lo mantiene y lo llevará a su culminación; y lo creó con una materia que tiende hacia el espíritu, y cada vez hacia mayor complejidad e interiorización. Por nuestros cuerpos estamos relacionados con todo el mundo material, desde las supernovas al electrón. Somos el cosmos hecho consciente. Y podrá haber otros extraterrestres que serán el cosmos hecho consciente también ellos. Somos también la conciencia de la evolución.

Dios creó la materia que sería autoconsciente y capaz de relacionarse con Él. Toda la materia, desde las galaxias hasta las partículas subatómicas, se hace consciente en nosotros para esta relación. La evolución ahora ha llegado a producir las comunidades humanas, cada vez más unidas y compenetradas por las redes de comunicación y muchas otras redes, y la última etapa de la evolución será la unión del creador con la creatura. Esta es la meta de la evolución.

Las etapas de la evolución ―nos dice este autor― han sido de la materia a la vida, de la vida a la conciencia, y de la conciencia a la relación con Dios, y mediante el ser humano Dios se une con todo el cosmos: galaxias, ballenas, insectos.

La capacidad que tiene el cosmos de autorganizarse le fue dada por Dios con este fin. Para santo Tomás el acto de creación de Dios no fue un acto aislado, sino que es el mismo de su conservación. La creación es continua. Rahner nos dice que lo que se llamaba antes la “conservación” de Dios es la acción de Dios impulsando la evolución.