El solista(2) photo: René Vargas ZamoraPhoto: René Vargas-Zamora

El solista y la orquesta

Written by Sergio Ramírez

1. EL SOLISTA SIN ORQUESTA

La celebración del nacimiento de Rubén Darío cada mes de enero sigue siendo un fasto en Nicaragua. Se corona en los teatros municipales a la Musa dariana que desfila en carroza en forma de cisne, acompañada de un cortejo de canéforas, y en veladas líricas se representan sus poemas, con lo que los disfraces vienen a ser de la princesa que espera al feliz caballero que la adora sin verla, un bufón escarlata y un dragón colosal.

Si pudiera ser, las autoridades edilicias desenterrarían al poeta cada año para volverlo a enterrar con las mismas fastuosas solemnidades de la primera vez, unos funerales como nunca se han vuelto a ver, pues durante los siete días de velatorio el cadáver era cambiado de traje cada noche: peplo griego, frac de etiqueta, uniforme entorchado de embajador con espadín al cinto...

Es imposible que la prosopopeya provinciana y la devoción cariñosa no acompañen el mito nacional. Hay un kitsch institucional madurado durante décadas. Se trata del más célebre y querido de los nicaragüenses, que congrega la unanimidad, lejos de distingos políticos o sociales, pero sin que eso quite la dorada pátina de la cursilería. Y eso, desde que nació. Desde la más remota antigüedad, cuando un profeta o un prócer vienen al mundo, se ha asignado a su nacimiento un cataclismo, o la aparición de una nueva estrella o de un ave heráldica que acompañe la suerte gloriosa de su vida.

En La Gaceta del 23 de febrero de 1867, unos días después del nacimiento de Rubén, se lee que un águila real fue hallada en alguna agreste cumbre de las montañas nicaragüenses: “bastantemente fornida, las uñas de pulgada y media de largo, su cabeza pequeña, viva, inteligente, adornada por un círculo de plumas negras en su extremidad, formándole una corona. De rato en rato sus ojos se cubren de un velo blanco que da a su fisionomía un cierto aspecto de bondad… hasta hoy no se creía que en Nicaragua hubiese águilas, y mucho menos águilas reales”. Yo, por mi parte, agregaría que en aquel año muere el príncipe de los poetas malditos, Charles Baudelaire, porque también los relevos son parte sustancial del mito.

El águila fue presentada como obsequio al general Tomás Martínez, quien terminaba su segundo período presidencial en ese 1867, pues es un vicio nacional ese de querer retoñar en la silla del mando; y da la casualidad que el mismo año aquel general presidente mandó levantar un censo, igual que Augusto en Palestina cuando el nacimiento de Cristo.

De este censo resultó que la población de Nicaragua llegaba apenas a los 150 mil habitantes. El general Martínez, avergonzado de que los nicaragüenses fueran tan pocos, ordenó aumentar 100 mil almas más. Abultar los censos, las cifras económicas, reformar a gusto la Constitución, alterar los resultados electorales, ha sido siempre otro alegre vicio nacional que lejos de ser desterrado, reverdece en este siglo veintiuno de las quimeras tecnológicas y de la postmodernidad política.

La más grande ciudad de Nicaragua, que era en aquel entonces León, la ciudad de Darío, concentraba una alta proporción de esos habitantes, con un total de 30.000, la mayor parte mulatos, indios y mestizos pobres, habitantes de los barrios marginales, mientras los criollos, dueños de las haciendas aledañas, ocupaban las casonas del cuadro central que rodeaban la catedral. La gallera hacía las veces del club social.

Es lo que cuenta Ephraim Squier, quien llegó a Nicaragua en 1850 como primer embajador de Estados Unidos, en su libro Nicaragua, sus gentes y paisajes; y cita también el informe que le presentó un amigo leonés anónimo sobre el estado de la educación: rara era la población donde hubiera maestros, y en las pocas escuelas que existían se enseñaba nada más los fundamentos de la doctrina cristiana, y a leer y a escribir; los niños repetían en coro la lección que dictaba a grandes voces el docente, armado de una férula para reprimir a los díscolos. Los libros de texto obligados eran el silabario Catón, el catecismo del padre Jerónimo Ripalda, y El Ramillete, que contenía definiciones teológicas, selecciones de encíclicas papales, credos, leyendas fabulosas y oraciones piadosas a la Virgen, a los santos y a los ángeles, textos que, además del sombrío carácter de su contenido, eran “suficientes para amilanar al más avispado muchacho”. Los bachilleres sobraban en el seno de las familias acaudaladas y el birrete doctoral pasaba en herencia entre ellas.

Para aquel mismo año de 1867, había 92 escuelas de primaria para varones en todo el país, y 9 escuelas para niñas: “yo diré que el estado actual de la instrucción pública humilla la delicadeza de nuestro patriotismo...”, escribe en 1871 en un informe el ministro de Educación. Diarios, ninguno. Revistas tampoco. Ya podemos imaginar las cifras del analfabetismo. Había dos semanarios, uno de ellos La Gaceta, el diario oficial donde se informó sobre la providencial aparición del águila real, pero ninguno de ellos salía a tiempo. En el registro de aduanas de ese año de 1867 no aparece ninguna importación de papel, o de tinta de imprenta, y más que libros se imprimían volantes y folletos en las únicas tres tipografías del país. La importación de libros, españoles y franceses, aparece en esos registros como marginal.

Squier encontró también en León a un personaje de nota, el padre Pedro Crispín, pintor, pues en una pared de su casa había unos frescos de su mano, figuras de animales que comenzando en la A de armadillo, terminaban en la Z de zopilote, todos de gran tamaño y colores chillones. De la pobreza cultural del ambiente sirve de prueba el mismo Squier, quien gozó de impunidad suficiente para llevarse a Estados Unidos valiosas piezas arqueológicas que hoy se conservan en la Smithsonian Institution de Washington.

Este país despoblado y tan rural, oscuro en su suerte política y empobrecido, desangrado por las guerras y plagado de analfabetos, es el país que vio nacer a Rubén en 1867, el país de “licenciados confianzudos, o ceremoniosos, y suficientes, los buenos coroneles negros e indios, las viejas comadres de antaño…”, según él mismo lo evocaría.

Un país de vientre pequeño, de esos que pueden parir un solista, pero nunca una orquesta completa.

pajaros

2. LA ORQUESTA COMPLETA

El solista y la orquesta. Muchas de las claves del desarrollo pueden encontrarse en este símil. El de un poeta capaz de transformar la lengua desde el traspatio, mientras la oscuridad del país de donde salió sigue sin disiparse. Y es un símil que, me parece desborda consideraciones de fronteras y va al asunto de lo que deberíamos llamar el desarrollo integral en cualquiera de nuestros países más pobres.

La orquesta completa tiene que ver con la América Latina en su conjunto, sus carencias y desigualdades, las propuestas de transformación, y las duras realidades que sobreviven tercamente. Y tiene que ver también con los discursos oficiales, no pocas veces llenos de frases rimbombantes y mentirosas, y de cifras infladas, sobre todo ahora que el populismo redentor se halla de moda. Para tener una buena orquesta primero hay que preparar a los músicos. No hay buenas orquestas con músicos que tocan de oído, desconocen los instrumentos que tienen en sus manos, o son incapaces de leer una partitura.

El término orquesta completa no representa para mí una condena al atraso perpetuo, sino una aspiración, y una propuesta de cambio. ¿Cuántos Rubén Darío se han quedado de macheteros en el campo?, se preguntaba a mitad del siglo pasado el pensador nicaragüense Carlos Cuadra Pasos. Es una interrogación inquietante. El talento, que siempre es numeroso en todos los estratos de una población, no puede fructificar en el páramo desolado del analfabetismo, que tantas veces llega a ser orgánico en una sociedad.

Para abrir oportunidades plenas a los talentos creativos en la literatura y en las artes es necesario haber desterrado primero el analfabetismo. Y no se trata de hacer poetas y pintores a todos, porque los artistas serán siempre una minoría, sino de tener ciudadanos sensibles, que respiren una verdadera atmósfera cultural. En una sociedad de lectores constantes que pueden acudir a una biblioteca pública a la vuelta de la esquina, a una sala de teatro o a una galería de arte, habrá ciudadanos más críticos, dueños de ideas diferentes y contrastadas, con menos posibilidades de ser embaucados por esos discursos oficiales que buscan crear patrones únicos de pensamiento y de conducta, y establecer la mediocridad como norma social, y cultural.

Tal como escribe Gianni Rodari en el prólogo de Gramática de la Fantasía: “el uso total de la palabra para todos me parece un buen lema, de bello sonido democrático. No para que todos sean artistas, sino para que nadie sea esclavo”.

Es entonces cuando la cultura entra en las aguas de la democracia. Porque la cultura y la educación son las grandes generadoras de la democracia, que sin esos dos pilares básicos se hunde bajo la ignorancia, o vive condenada al raquitismo. Así lo reclama el poeta nicaragüense Salomón de la Selva en su Canto a la independencia nacional de México:

La independencia fue para que hubiese pueblo
y no mugrosa plebe:
hombres, no borregos de desfile;
para que hubiese ciudadanos…

Pero no para allí. Tener una orquesta completa es crear todas las oportunidades posibles en las disciplinas científicas, desde las matemáticas puras a la cibernética, de la biología marina a la medicina y a las cada vez más numerosas especialidades de la ingeniería. Tener juristas, no leguleyos venales. En una orquesta completa hay diversas clases de instrumentos, cada uno dueño de su propio sonido. Mientras más instrumentos y más músicos, mayor resonancia. Y es en el acuerdo de todos, tocando al unísono, que la sociedad consigue la gran sinfonía del desarrollo, que no existe sin la educación.

Mientras tanto los instrumentos callan, o tocan desafinados. Voy a dar un ejemplo. Cada año se celebra en Nicaragua un ritual desconsolado. Los alumnos que han aprobado la escuela secundaria se presentan a exámenes para ingresar a las universidades nacionales, según los cupos disponibles. Son miles de jóvenes candidatos, porque en las últimas décadas se ha multiplicado el número de bachilleres, pero ya se verá que no es un asunto de número. Sería fácil.

Se trata de dos pruebas básicas, matemáticas y español. Y sólo un cinco por ciento de los aspirantes consigue pasarlas. Como las universidades se quedarían vacías, los cupos terminan siendo llenados de cualquier forma. Uno o dos de los jóvenes que tomaron el examen sobresalen con nota de cien cerrado. Esos son los solistas, que el sistema educativo no puede atribuirse; son, como Rubén Darío, producto de ellos mismos. Productos de la excepción, no de la regla.

En Nicaragua existen setenta y tantas universidades privadas, más que en Alemania. No es el único caso en América Latina; gran paradoja que a más atraso, más universidades. Cualquier zaguán es bueno para abrir una universidad, lo mismo que se abre una pulpería o un salón de belleza. Una pizarra, tiza y saliva son los insumos básicos de la lumpen-academia.

Por tanto, al lado de universidades que ofrecen títulos profesionales sin control de calidad, hay miles de jóvenes que no tienen acceso a la educación y se quedan en el analfabetismo, y también otros miles que en la escuela secundaria no saben leer correctamente un texto, es decir, no saben comunicarse, y tampoco saben hacer una cuenta ni resolver una ecuación, y son suspendidos, pero pasan el año porque, ocurre en Nicaragua, cumplen cursos remediales de alto contenido político; es decir, aprenden a recitar el catecismo ideológico, que sustituye a las matemáticas. Esa partitura no les servirá para tocar ningún instrumento.

Las sociedades autocomplacientes serán siempre marginales, conformes en dejar que un sistema que sólo crea atraso de manera endémica siga reproduciéndose a sí mismo. Y peor si la autocomplacencia es generada por el propio estado que cubre los abismos de ese atraso con la demagogia del populismo, que sigue quitándole instrumentos a la orquesta mientras aparenta dárselos, y aún más, hace que los solistas sean cada vez más esporádicos, o que, decepcionados, emigren en busca de oportunidades; o al regresar después de terminar sus estudios en el extranjero, vuelvan a irse porque no hay sitio para ellos en la orquesta, o no hay orquesta del todo.

En muchos sentidos, aún tenemos que dejar atrás el siglo diecinueve que vio nacer a Rubén Darío, para entrar en el siglo veintiuno.