En
octubre pasado el departamento de Artes Interpretativas y Justicia Social
(PASJ) de USF presentó la obra de Cherríe Moraga Heroes and Saints (Héroes y
Santos). Dirigida por Roberto Gutiérrez Varea, es la primera obra chicana
representada en la universidad. Tuve la oportunidad de hablar con el Sr. Varea
después de ver la producción, que se realizó con mucho éxito. Nuestra
conversación abarcó muchos temas sobresalientes de la obra, además de exponer
la conexión personal que tiene Varea con este trabajo fascinante.
Escrita por la activista y estudiosa
chicana Cherríe Moraga, la obra tiene lugar en el pueblito de campesinos
McLaughlin, inspirado en el pueblo verdadero de McFarland en el valle San
Joaquín en California. En 1988, el Sindicato de Campesinos (UFW) montó un
boicot de compra de uvas para protestar por el envenenamiento de pesticidas que
había causado numerosos casos de cáncer y malformación congénita durante los
años ochenta. Este fue el campo de la última batalla de César Chávez, el
activista incansable y co-fundador de UFW, cuyo ayuno de treinta y seis días
contribuyó a la visibilidad y la protesta generalizada a favor de los derechos
de los campesinos. Reaccionando a los eventos de 1988, Moraga nos da una visión
del valle central de California a través de los ojos de los campesinos. Vemos
la lucha de las mujeres que organizan las manifestaciones contra el abuso de
los dueños y sufren a manos de los policías antidisturbios. Estas mujeres son,
además, madres que asumen toda la responsabilidad de cuidar a sus familias,
enfrentan a muchos problemas sanitarios y son amenazadas con violencia si
tratan de expresarse públicamente sobre el uso ilegal de pesticidas.
Moraga creó al
personaje Cerezita, una niña que nació con apenas más de una cabeza,
inspirada por una imagen de una niña nacida sin piernas ni brazos de un
documental sobre McFarland -Wrath of Grapes, un documental hecho por la
UFWen 1988. Confinada a su cuarto en su casa mal construida por el gobierno,
Cerezita llena sus días leyendo y estudiando. Moraga la describe como “una
cabeza que posee tanta dignidad de porte y belleza indígena que a veces asume
proporciones religiosas.” Cerezita se mueve de un lado a otro gracias a una raite, una silla de ruedas motorizada.
La madre de Cerezita, Dolores Valle, oculta a su
niña de la mirada ajena. Cerezita había atraído la atención pública cuando
nació. Dolores usó esta repentina fama para denunciar la aventura que su esposo
estaba teniendo, con la esperanza de que la vergüenza lo convencería de cambiar,
pero lo único que consiguió fue ahuyentarlo. Hay dos hijos más, Mario y
Yolanda, los dos con sus propios problemas. La hija de Yolanda, una bebé de
ocho meses, se pone muy enferma y muere durante el acto segundo de la obra.
Mario tiene ganas de ser un doctor, pero en realidad se interesa más en las
drogas y encuentros sexuales casuales con otros hombres. Mientras en Yolanda
vemos la tragedia de la comunidad representada, en Mario vemos un tema que
corre a lo largo de la obra de Moraga, el deseo homosexual reprimido por la
sociedad machista; una vida joven desencantada por la realidad cáustica de la
injusticia.
Comienza la obra al amanecer cuando dos siluetas de
personas atan el cuerpo de un bebé a una cruz pequeña en los files – la palabra spanglish para designar a los campos. En la
escena que sigue, una periodista hace preguntas sobre los cuerpos crucificados
a Amparo, la vecina de Dolores. Amparo encabeza las protestas contra los dueños
de los campos. Su personaje se basa en Dolores Huerta, la co-fundadora de UFW.
Lidera una protesta en que lee los nombres de niños que en años recientes han
muerto de cáncer. La última es Gabriela Valle, la hija pequeña de Yolanda. Al
acabar la protesta, la policía da una paliza terrible a Amparo en que rompen su
vejiga, una escena tomada de la vida real de Huerta.
Al mismo tiempo que está aumentando
tanto la agitación social, una amistad surge entre Cerezita y el Padre Juan, un
sacerdote local jesuita. Cerezita lo convence de ayudarla con la crucifixión
póstuma de la hija de Yolanda. Juan está de acuerdo, pero en la víspera de la
crucifixión Cerezita deja muy claro que no quiere tener con él solamente una
relación intelectual. En el espectáculo se besan apasionadamente y, lleno de
vergüenza, Juan huye. Aunque en el texto dramático la pareja tiene sexo, la
manera en que se construyó la silla en la puesta en escena les impidió poder
tocarse. El Padre se sorprende de encontrar a Mario en las afueras del pueblo,
pues el joven había ido a San Francisco al final del primer acto, supuestamente
para asistir a la escuela de medicina. En cambio revela al Padre Juan que ha
contraído la SIDA.
Culmina la obra con un funeral para
Gabriela en el campo guiado por el Padre Juan. Cerezita aparece con todos los vestidos
de la Virgen de Guadalupe. A pesar de las amenazas de muerte por parte de los
dueños, Cerezita y Juan llevan el cuerpo de Gabriela hacia los campos para
ponerla en una cruz, mientras que los aviones les disparan desde arriba. En
reacción indignada, el pueblo se rebela y sigue el llamado de Mario a prender
fuego al campo. La obra termina con el pueblo gritando “¡Asesinos!” y con el
brillo rojo de los campos quemándose en el fondo.
La obra nos da un sentido del ambiente
opresivo en que vivían los campesinos. La tierra que ocupan es veneno, el agua
llena de pesticidas, el aire patrullado por aviones con soldados armados
contratados para disparar a cualquier persona que se atreva a hablar sobre el
maltrato de los dueños. En cada personaje vemos los efectos profundos y las
heridas que la vida les ha infligido, pero igualmente visible es la fuerza de
la gente para unirse con miras a superar obstáculos tremendos. Presentar la
obra veinte años después de su creación también nos recuerda que, aunque pasa
el tiempo, persisten los mismos problemas. No entra al final un deus ex machina que quita los pesticidas de la tierra
y cura a los enfermos. Si no hubiera existido la firmeza de Cesar Chávez, es
posible que estos hechos no hubieran recibido la atención nacional. Pero Chávez
estaría de acuerdo que la mayoría de las veces a estas comunidades
pequeñas agricultoras no llega un héroe en un caballo blanco que lo resuelve
todo; los campesinos tienen que tomar sus propias acciones y, como vemos en la
obra, deben enfrentar las consecuencias extremas de sus actos.
Era muy impresionante el diseño del
escenario. Unas plataformas elevadas cubiertas de madera pelada con el sello de
la palabra “uvas” sirvieron para construir la casa de la familia Valle. La
pared de atrás estaba formada de dos pantallas donde se proyectaban imágenes
filmadas. Al principio mostraban el documental The Wrath of Grapes. En ciertas escenas también
proyectaban las imágenes grabadas en vivo por dos cámaras ubicadas en los
rincones del teatro. Una cámara en miniatura, colocada en la raite de Cerezita, filmaba su rostro. La
imagen de este rostro se mostraba detrás de ella durante sus momentos más
conmovedores. Desafortunadamente, el diseño del mismo raite era la única desventaja estructural.
Cubriendo la silla de ruedas mecánica había una caja cuadrada de madera pintada
de negro. La cubría por todos los lados, así prevenía el contacto entre
Cerezita y el padre Juan. El problema era que no se parecía a ninguna cosa
real, menos a un aparato hecho en la casa de una campesina.
Sin embargo, todas las otras partes de
la mise en scène del espectáculo parecían construidas
con cuidado y ninguna causaba distracción en el espectador. Los actores eran
sumamente dedicados y muy conectados como un conjunto. Eran capaces de superar
la distancia de edad entre ellos y los personajes que representaban para
ahondar en las personalidades de sus papeles y dar voz a la historia y el
mensaje de cada personaje. En los roles de las matriarcas de la comunidad,
Livia Camperi y Cecilia Shaw merecen la atención especial. La reacción del
público asistente es visible al principio de la presentación cuando Shaw, en el
papel de Amparo, confronta a la reportera Ana Pérez (representada por la muy
talentosa Hannah Bear) y expone la situación precaria del pueblo. Ella es
elocuente, apasionada y valiente, unos rasgos que definen también a la actriz
que la encarna. A través de todo el espectáculo dominaba Camperi en el rol de
Dolores Valle, la madre soltera, cuyos prejuicios y engaños la afectan casi
tanto como su amor y dedicación a su familia. De la misma manera que Valle
lleva el peso del mundo, Camperi lleva la obra. Su fuerza como actriz actuó
como la piedra angular para el éxito del espectáculo.
En mi entrevista con el director, pedí a Roberto
Varea describir el rol del departamento de artes interpretativas y de justicia
social en el contexto de la universidad.
“Estoy consciente de que en nuestra programa y en
particular mis elecciones de trabajos siempre tienen unos elementos de riesgo y
de controversia, porque yo creo que esto es el espacio que el arte debe ocupar,
no que puede ocupar, sino que debe. O sea, el arte seguro para mí es
fraudulento, en el sentido de que no nos empuja, no nos ayuda a entrar a un
espacio difícil, de preguntas complicadas sin soluciones y respuestas fáciles”.
Pregunté si hubo reacciones adversas
de la administración de USF en contra al contenido de sus elecciones, pero me
respondía que nunca las encontró. “Te digo con mucho orgullo que trabajo en
USF porque jamás me dijeron: esto lo puedes hacer y esto no lo puedes hacer.” Junto con la libertad artística, los
sentimientos de Varea nos dan la impresión de que hay en USF un espacio de
reverencia y respeto por el arte.
“{N}os abre
una avenida, un espacio al conocimiento...para mí el teatro tiene un lugar
fundamental...en las universidades, porque es otra forma de conocimiento
que solo se da a través del arte. O sea, hay un conocimiento que se puede dar a
través de la religión. Hay un tipo de conocimiento muy valorado que se da a
través de la ciencia, pero el arte también tiene un espacio que es muy
particular...”
El respeto por el poder del teatro es
evidente en el trabajo de Varea. Dirigió a un reparto joven en una obra
exigente temática y técnicamente y llevó a cabo a un producción que presenta al
público una variedad rica de temas. Tuve la ocasión de asistir a unos ensayos
para observar el estilo de Varea en el manejo del reparto. Siempre en el teatro
hay altibajos pero era obvio que Varea había creado un espacio libre y seguro
para la expresión de los actores.
“...hay un espacio donde el arte nos invita a ver lo
difícil, lo riesgoso, ...tiene la posibilidad de hacerlo dentro de un contexto
que se trata de composición, de belleza, donde de algún modo se nos hace más
seguro tratar lo que no es seguro.” Según él, el actor tiene que tener “un pie en lo
seguro, lo conocido, con un pie en donde están las grandes interrogantes que
nos preocupan.”
En mis visitas a los ensayos veía un
hombre tierno, paciente, pero con una visión artística que nunca pensó en
transigir. “El arte ha sido constantemente reprimido y oprimido por
regímenes a los que les interesan solo una versión de la realidad,” comentó Varea. Su ética de trabajo se
origina de una experiencia vivida en la opresión. Crecer en Argentina bajo las
juntas militares le impulsó a dedicar su vida a la resistencia a la violencia
del estado y la construcción de paz a través del arte interpretativa.
Es cierto que esta obra es una pieza
de resistencia a las múltiples formas de la opresión. La policía y los
dueños de la tierra representan la opresión que amenaza con las balas y los
bastones. Pero aun más es una llamada a la gente de no vivir con miedo, y de no
olvidar los retos que vencimos en el pasado. Como nos invita Cerezita a “poner
la mano dentro de [su] llaga,” la obra nos muestra que a veces tenemos que
arrancar la costra sobre la herida formada por el tiempo y por la voluntad de
olvidar. Nos recuerda que la misma opresión violenta, la discriminación y el
odio que se han ejercido contra la gente de América Latina están igualmente
vivos en este país. Es una herida que no se curará si no la hacemos visible a
todos.
Al fin de nuestra entrevista, Varea
comentó sobre su conexión con esta obra, y sus pensamientos en cuanto al éxito
de la producción. Es la segunda vez que ha dirigido Heroes and Saints. La primera fue en la Universidad de
Dartmouth en Nueva York en 1993, donde conoció a César Chávez una semana antes
de su muerte: “Nos pegó un golpe fuertísimo,” dijo Roberto sobre la pérdida del
activista influyente. Dado el hecho de que 2012 es el cincuentenario de la
formación de UFW, Varea lo tomó como el tiempo perfecto “...para hablar de
la lucha de la comunidad en la cual Cesar Chávez le dio su vida. Entonces...
que sea ahora la primera obra chicana representada en USF me parece a mi
justicia poética”.